domingo, 11 de enero de 2009

Empecé a imaginar cómo me gustaría estar viviendo aquel momento. Me gustaría sentirme alegre, curiosa, feliz. Viviendo intensamente cada instante, bebiendo con sed el agua de la vida. Confiando de nuevo en los sueños. Capaz de luchar por lo que quería. Amando a un hombre que me amaba. Sí, ésa era la mujer que me gustaría ser, y que de repente aparecía y se transformaba en mí. Sentí que inundaba mi alma la luz de un Dios de una Diosa, en quien había dejado de creer. Y sentí, que, en aquel momento, la Otra dejaba mi cuer-po, y se sentaba en un rincón de la pequeña habitación. Yo miraba a la mujer que había sido hasta ese momento: débil, tratando de dar una impresión de fortaleza. Con miedo a todo, pero diciéndose a sí misma que no era miedo, sino la sabiduría de quien conoce. la realidad. Levan-tando paredes en las ventanas por donde entraba la alegría del sol, para que no dañase los muebles viejos. Vi a la Otra sentada en el rincón del cuarto: frágil, cansada, desilusiona-da. Controlando y esclavizando aquello que debía estar siempre en libertad: los sentimientos. Tratando de juzgar el amor futuro por el sufrimiento pasado. El amor es siempre nuevo. No importa que amemos una, dos, diez ve-ces en la vida: siempre estamos ante una situación que no conocemos. El amor puede llevarnos al infierno o al paraíso, pero siempre nos lleva a algún sitio. Es necesario aceptarlo, pues es el alimento de nuestra existencia. Si nos nega-mos, moriremos de hambre viendo las ramas del árbol de la vida cargadas, sin
coraje para estirar la mano y coger los frutos. Es necesario buscar el amor donde esté, aunque eso signifique horas, días, semanas de decepción y triste-za. Porque en el momento en que salimos en busca del amor, el amor tam-bién sale a nuestro encuentro. Y nos salva. Cuando la Otra se apartó de mí, mi corazón volvió a conversar conmigo. Me contó que la grieta en la pared del dique dejaba pasar un torrente, que los vientos soplaban en todas direcciones y que él se sentía feliz porque yo le es-cuchaba de nuevo. Mi corazón me decía que estaba enamorada. Me dormí contenta, con una sonrisa en los labios.


A Orillas del Rio Piedra me Sente y Lloré...

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